Sabiduría antigua, objetos cotidianos, y lo que los estoicos pensarían de una mesa bien puesta.
Componer la sabiduría del futuro, firmar pensamientos y cálculos que sobrevivirían a siglos, guerras (e incluso modas) para inspirar a todo el mundo occidental… Ser filósofo en el Mediterráneo antiguo debía de ser un trabajo bastante exigente. Uno se pregunta qué llevarían en su lista de tareas, en sus bolsas y bolsillos. Seguramente, algo con que escribir y sobre qué escribir, en todo momento. Encontrar la plaza, el templo o la orilla perfectos, bañados de sol… el equilibrio justo entre calidez y silencio para enmarcar el ritual de ser, ver y crear. ¿Cómo eran de verdad los grandes pensadores mediterráneos? ¿Qué hacían cuando no esperaban a que la brisa secara la tinta de una simple frase que el futuro jamás olvidaría?
«La calidad no es un acto, es un hábito.» –Aristóteles
Este filósofo y polímata griego caminaba mucho mientras pensaba. Cuando enseñaba, Aristóteles recorría los terrenos de la escuela de un lado a otro, obligando a sus alumnos a seguirlo. Esto les valió a sus discípulos el apodo de «los peripatéticos», que significa «los que caminan».
«Apártate un poco, que me tapas el sol.» – Diógenes
Diógenes, fundador de los cínicos, gozaba de la reputación de ser un genio loco... ¿o era un loco sabio? Fuera como fuese, no era muy fan de la élite; aun así, su fama le valió un respeto considerable entre la alta sociedad. Alejandro Magno estaba tan intrigado por Diógenes que viajó hasta Atenas para encontrar al filósofo en su casa (un tonel de vino vacío reconvertido). Cuando Alejandro le pidió con humildad audiencia al filósofo, Diógenes respondió con franqueza: «¿Podrías apartarte? Me tapas la luz.»

«Intento pensar, no me confundas con hechos.» – Platón
Platón. Filósofo. Matemático. Escritor de diálogos filosóficos. Alumno de Sócrates. Hombre de espaldas anchas (de ahí el apodo «Platón»). Y... ¿luchador? Sí. Cuando pensar era demasiado, Platón se ponía a luchar y se libraba del estrés del trabajo a base de empujones y forcejeos. Al parecer, esto le ayudaba a despejar la mente para afrontar otro día más cambiando el mundo antes de que el mundo supiera que necesitaba cambiar…
«Prefiere el conocimiento a la riqueza, pues uno es pasajero, el otro perpetuo.» – Sócrates
Sócrates. El padre de la filosofía occidental. Protagonista de su propia tragedia griega. Se negó a retractarse de sus palabras y bebió el veneno de buen grado. Sócrates nunca escribió nada, que sepamos. Sin embargo, sus discípulos sí: el luchador Platón y el aventurero Jenofonte pusieron por escrito la sabiduría de Sócrates... así es como lo sabemos… También sabemos que Sócrates no se lavaba… tenía el ritual de no cambiarse nunca de ropa antes de dormir. Consideraba que era más eficiente no cambiarse de ropa. Tampoco se molestaba con los zapatos. En verano y en invierno caminaba descalzo por las calles de Atenas con un gran bastón, con el único propósito de intimidar a sus conciudadanos con sus preguntas morales… y esas preguntas lo llevaron a su última copa, pero hicieron que el mundo reflexionara para siempre.
Hoy podemos reflexionar sobre lo que los antiguos filósofos han aportado a todas nuestras mesas. Pensamientos que podemos abrir como un libro. Tan atemporales y potentes como el día en que quedaron inmortalizados sobre el papel. Si pudiéramos rebobinar los milenios, pausar y encontrar a los filósofos sentados junto a nosotros tomando un café, ¿qué les preguntaríamos? Seguramente... que nos escribieran algo en nuestros ¡cuadernos.
