Un jardín botánico en un acantilado sobre el Mediterráneo, y las plantas que no deberían crecer ahí pero lo hacen.
¡Viernes! ¿Y ahora qué? Dos preciados días de fin de semana tan deseado se extienden ante nosotros. La vida es corta, y es hora de llenar las próximas 48 horas con recuerdos que satisfagan nuestra curiosidad y nos den ánimos para otra semana de trabajo.
Nos subimos al coche y ponemos rumbo norte por la carretera de la costa hacia Girona, mientras el cálido sol de la tarde destella en los retrovisores. Tomamos la salida hacia Blanes, y enseguida nos recibe una estampa de postal perfecta de la Costa Brava: ante nosotros, el mar turquesa en calma, a nuestra izquierda un acantilado imponente, y una pequeña carretera que serpentea hacia arriba, invitándonos a ascender hacia el cielo azul sin nubes. Nos encontramos en un rincón escondido del Mediterráneo y, de repente, frente al histórico jardín botánico de Marimurtra.
El nombre Marimurtra describe la mezcla que ofrece el jardín entre la flora mediterránea y el ambiente marino. Fundado por el botánico alemán Karl Faust en 1920, el jardín alberga hoy más de 4000 especies vegetales distintas, tanto variedades autóctonas como otras recogidas en los rincones más remotos del planeta, incluyendo Centroamérica y el sur de África.
Es uno de los jardines botánicos más impresionantes e importantes de toda Europa. Los jardines botánicos han desempeñado un papel cambiante a lo largo de la historia. Como su nombre indica, durante mucho tiempo sirvieron para estudios medicinales y el cultivo de plantas con propiedades curativas. También han sido testigos silenciosos de la evolución del planeta, y de la sociedad, a través de los innumerables visitantes que acuden a maravillarse con su estética y su belleza serena. Durante casi un siglo, Marimurtra ha sido un oasis de paz y conservación, y un refugio de conocimiento y educación.

Este jardín y el parque que lo rodea se asientan sobre un acantilado rocoso desde el que la cercanía del mar nos sorprende de forma sobrecogedora. En la entrada, un edificio blanco con persianas verdes y un tejado de barro tradicional marca un contraste bellísimo con el espectro de flores y plantas de colores que serpentean a su alrededor como una alfombra magnífica.
Paseamos entre formaciones gigantes de cactus y nos adentramos en el laberinto de imágenes, sonidos y aromas. Senderos de piedra natural guían al visitante y a sus sentidos a través de las distintas zonas, de la selva tropical al desierto. Seguimos el largo tramo de escaleras que lleva al templo de Linneo, donde la brisa marina nos recibe con suavidad. La vista espectacular sobre la pequeña bahía y hacia el horizonte parece el punto perfecto para detenerse un momento y simplemente sentirse feliz de estar vivo, y de formar también parte del tapiz complejo e irrepetible de la madre naturaleza.


Marimurtra es un cofre del tesoro, una caja abierta de belleza mediterránea. Es también el último refugio para algunas de las especies vegetales más amenazadas del mundo. Jardines botánicos como este merecen sin duda nuestro tiempo y nuestro apoyo. Como dice el famoso proverbio del viajero: no te lleves nada más que fotos, no dejes nada más que tus huellas.


